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Escuela 6 DE 19

La leyenda del calafate

La leyenda del calafate

La leyenda del calafate

    El calafate es una planta espinosa, de flores amarillas, que da unas semillas azules con las que se hacen riquísimos dulces. Esta planta crece en la Patagonia, al sur de nuestro país, y es característica de esta zona.
    El calafate tiene una leyenda que se cuenta desde hace muchos años, en los tiempos en que esas tierras estaban habitadas solamente por las tribus de los indios mapuches.
    Hace mucho tiempo, una tribu mapuche cazaba animales lejos del lugar donde vivían. En medio de la cacería, a comienzos de un frío invierno, los sorprendió un temporal de nieve.
    El cacique de la tribu dio la orden de suspender la cacería y regresar a sus casas.
Koonek, que en lengua mapuche quiere decir "calafate", era el nombre de la más sabia y vieja mujer de la tribu. Como estaba achacosa por los años, tardaba mucho para caminar y eso les hacía muy dificultoso el regreso.
    Entonces, siguiendo la tradición mapuche, le armaron un toldo cerca de un manantial de agua clara. Le dejaron carne seca, otros alimentos, mantas de abrigo, cueros y una pila de leña. Se despidieron de Koonek, dejándola sola en aquel solitario lugar, y regresaron a sus viviendas.
    El frío se hizo más intenso con el correr de los días y los pocos pájaros que aún quedaban se fueron.
    Y la vieja Koonek se quedó más sola en el blanco silencio del invierno. Cuando se le terminaron los alimentos no perdió el ánimo: comió raíces y cortezas y se las ingenió para sobrevivir.
    Cuando la tibieza de los primeros aires de la primavera trajeron a los pájaros de regreso, la encontraron viva.
    Cuenta la leyenda que la vieja Koonek era machi, es decir medio bruja. Entonces, habló con los pájaros y, en pocas palabras, les prometió que si permanecían allí cuando volvieran los intensos fríos, les enseñaría el secreto para quedarse y no morirse de hambre en el crudo invierno. Los pájaros le creyeron y se quedaron hasta el final del verano.
    Cuando el primer soplo helado se empezó a sentir, la vieja machi reunió a los pájaros y les mostró una planta espinosa de azules frutos; tomó algunos de ellos con sus sabias manos, los estrujó y les ofreció a los pájaros las relucientes semillas.
    Ellos comieron confiados y, a medida que calmaban su hambre, crecía en los pájaros el deseo de no abandonar nunca más ese lugar. Y se quedaron acompañando a Koonek.
    Pasaron muchos soles y muchas lunas, y un atardecer la vieja machi murió acunada por el canto de los pájaros.
    Cuenta la leyenda que, al día siguiente, un hermoso calafate colmado de flores amarillas creció en ese lugar.
    Es por eso que los paisanos del sur dicen que quien come calafate no abandona la Patagonia y el que se va, siempre regresa, en alguna oportunidad.

                                                  Leyenda adaptada y recopilada por Blanca Negri

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